
El lenguaje influye en nuestra forma de pensar, nos traslada ideas, conceptos, enmarca la realidad y el pensamiento. Por ello surge la necesidad de utilizar lo que denominamos lenguaje politicamente correcto para mostrar nuestra sensibilidad y respeto e intentar un cambio de conciencia.
Así hemos ido aceptando en todo el mundo cambios en la denominaciones. Desde el nigger-black-Afroamerican de Estados Unidos a la utilización de lenguaje no sexista para cambiar el machismo implícito en los plurales en masculino del castellano, que han condenado a la mujer a una invisibilidad que no es trivial. Pero también terminos que ponen en valor al ser humano, persona discapacitada en vez de inválido o inválida, persona mayor en lugar de viejo o vieja.
A su vez hemos desechado de nuestro leguaje palabras que resultaban peyorativas en si mismas o que ofenden a personas y colectivos pues se utilizaban para atacar a un tercero: subnormal, maricón, payaso.
Recientemente hemos recibido un toque de atención por la utilización del término “autismo político” para ejemplizar el aislamiento de la realidad social de una determinada formación política. Se trata de una expresión recurrente en el lenguaje, no solo político. Una asociación de padres y madres de personas con autismo han querido sensibilizarnos sobre este asunto.
Y se lo agradecemos, porque la persona que empleó este término no tenía en su intención ofender a estas personas y por ello se ha disculpado personalmente. Pero también agradecemos que nos dieran a conocer los mitos del autismo y su uso peyorativo.
Hay más de 200.000 personas afectadas en España y 67 millones de personas en todo el mundo con este conjunto de disfunciones neurológicas que afectan a la conducta. Las personas con autismo sienten y afortunadamente, los avances se producen en todos los campos y también en éste, lo que les permite con la estimulación adecuada superar metas y evolucionar.
Es cierto que hay personas que han manifestado posturas contrarias a impulsar cambios en la forma de expresarnos justificandose en la RAE o en economizar el lenguaje. Sin embargo utilizar un lenguaje políticamente correcto no debe ser un gesto de diplomacia sino un acto simbólico que contribuye a cambiar mentalidades.
No hay que sobreestimar la influencia de nuestras palabras y aunque a veces cometemos fallos en este sentido, es tan sencillo intentar utilizar un lenguaje que no solo no ofenda, sino que visibilice o ponga en valor a las persona que merece la pena hacer ese esfuerzo.
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